lunes, 28 de junio de 2010

La Bella Indiana

En el cuento «Los juguetes de la paz» (1919), los sobrinos de Harvey Bope reconvierten en bélico un juguete «pacífico». Uno de los personajes históricos que aparece mencionado es madame de Maintenon, quien intenta evitar inútilmente una expedición de Luis XIV contra Inglaterra.

Françoise d'Aubigné (1635-1719), marquesa de Maintenon, tuvo una vida improbable: nació en la cárcel donde su padre cumplía condena por falsificación de moneda y llegó a ser la segunda esposa de Luis XIV, el Rey Sol.




Pasó los doce primeros años de vida en la Martinica, hasta donde su padre viajó (vanamente) en busca de fortuna tras salir de la cárcel, y esa estancia le valió luego el sobrenombre de la Bella Indiana. A su vuelta a Francia, huérfana, quedó a cargo de su tía paterna y madrina, madame de Neuillant, y a través de ella conoció al escritor Paul Scarron (1610-1660), protegido de ésta.




Scarron, paralítico y con el cuerpo deformado por la enfermedad, le propuso hacerse cargo de su dote para que pudiera entrar en un convento o casarse con ella. Temerosa de quedar sin recursos a la muerte de su madrina, Françoise d'Abigné aceptó («Prefiero casarme con él que el convento», habría dicho). La Beaumelle describió la siguiente escena en sus Mémoires pour servir à l'histoire de Madame de Maintenon:

Cuando se redactó el contrato, Scaron dijo que reconocía a la acordante cuatro luises de renta, dos grandes ojos bastante traviesos, un torso muy hermoso, un par de manos bonitas y mucho ingenio. El notario le preguntó qué las arras le aseguraba: «La inmortalidad —respondió Scaron—. El nombre de las esposas de los reyes muere con ellas; el de la esposa de Scaron vivirá eternamente».

Da la impresión de que Françoise d'Aubigné se aseguró la inmortalidad por partida doble. En 1652,  con dieciséis años y medio, se casó con Scarron, veinticinco años mayor que ella y a quien cuidó ocho años hasta su muerte. Durante ese tiempo, animó el salón de su marido y cultivó en él una serie de relaciones que le resultarían muy provechosas. Unos años después de la muerte del escritor, recibió la propuesta de encargarse de la educación de los hijos ilegítimos de Luis XIV y, cuando éstos fueron reconocidos (1674), los siguió a la Corte. Allí, tras la caída en desgracia de madame de Montespan, conquistó el corazón del rey, pero se resistió a los avances del monarca hasta la muerte de su legítima esposa, María Teresa de Austria (1638-1683).

En 1683 se casó en secreto con el rey en una ceremonia oficiada por el confesor real, el padre La Chaise, quien daría nombre al célebre cementerio parisino del que Victor Hugo (cuyos restos están en el Panteón) dijo con ironía antiburguesa en Los miserables que estar enterrado ahí era «como tener muebles de caoba».

Fundó, junto a Versalles, la escuela de Saint-Cyr con las rentas de la abadía de Saint-Denis, cuyo abad, el cardenal de Retz, había sido uno de los jefes de la Fronda. Dicha institución, que no dependía de la autoridad de Roma, se dedicó a proporcionar a las hijas de la nobleza sin recursos una formación con la que éstas pudieran eludir, si lo deseaban, el destino conventual.




La ya marquesa de Maintenon supervisó personalmente el plan de estudios, para lo cual tuvo la ayuda de François Fénélon (1651-1715); y el propio Jean Racine (1639-1699) compuso varias obras  (Ester y Atalía) para las alumnas de la Maison Royale de Saint-Louis. Las internas abandonaban la escuela a los veinte años con una dote de 3.000 libras. Entre las alumnas se contó, un siglo más tarde, Elisa Bonaparte (1777-1820), futura duquesa de Lucca y gran duquesa de Toscana.

Tal era el aprecio que sentía la marquesa de Maintenon por su establecimiento que a él se retiró la reina secreta tras la muerte de Luis XIV, al mismo lugar que Napoleón Bonaparte reconvertiría en 1808 en academia militar.




En el cuento de Saki, como ocurrió con el Saint-Cyr real, todos los esfuerzos pedagógicos desembocan inevitablemente en juegos de guerra.



Fuentes:
BEAUMELLE, Laurent Angliviel de la, Mémoires pour servir à l'histoire de Madame de Maintenon, et à celle du siècle passé, Amsterdam, Pierre Erialed, 1757.
HUGO, Victor, Les misérables. II: Cosette, Bruselas, Lacroix, Verboeckhoven & Ce, 1862.
SAINT-RENÉ TAILLANDIER, Madeleine, Madame de Maintenon, París, Hachette, 1920.

lunes, 21 de junio de 2010

El nombre de la rosa

En el cuento «Los juguetes de la paz» (1919), Harvey Bope regala a sus sobrinos Eric y Bertie un juego con el que intenta inculcarles unos valores que los alejen de la educación habitual y hagan «especial hincapié en la vida civil y sus aspectos más pacíficos». Los niños demuestran poseer ciertos conocimientos de historia, y la mención a los reyes franceses del siglo XVIII dispara la pregunta del mayor de ellos:

—¿Sabes algo de madame Du Barry? —preguntó Eric—; ¿no le cortaron la cabeza?
—Era otra gran aficionada a la jardinería —dijo Harvey en un intento de eludir la pregunta—. De hecho, creo que la famosa rosa Du Barry toma su nombre de ella. Creo que ahora lo mejor es que olvidéis vuestros estudios un rato y juguéis un poco.

Jeanne Bécu (1743-1793), conocida como madame Du Barry o El Ángel, hizo una fulgurante carrera desde unos orígenes humildes como dependienta parisina hasta llegar a favorita de Luis XV (1710-1774), a quien fue presentada en 1769 a través del duque de Richelieu (sobrino nieto del célebre cardenal), quien deseaba frustrar los planes de su enemigo el duque de Choiseul, cuya intención era colocar junto al monarca a una cortesana (en concreto, a su hermana) que favoreciera sus intereses tras la muerte de madame de Pompadour (1721-1764).




La peculiar personalidad de Jeanne du Barry combinaba un carácter poco dado a las intrigas políticas, la pasión por el lujo, una afición al mecenazgo de artistas y poetas, una extraordinaria belleza y unas habilidades amatorias que cautivaron al monarca francés. Según recogió Le Gazetier cuirassé, ou Anecdotes scandaleuses de la Cour de France, uno de los panfletos libertinos que fueron masivamente leídos en la Francia del último cuarto del siglo XVIII:

El apego del R... por madame du Bar... procede de los prodigiosos esfuerzos que le obliga a realizar por medio de un bautismo de ámbar con el que se perfuma interiormente todos los días. Dicen que a eso añade un secreto que no suele utilizarse todavía en buena compañía.

Una nota al pie explicita algo más el carácter de ese «secreto»:

Las moscas cantáridas, el diavolino [gragea de chocolate], la esencia de clavo, los bautismos de ámbar, etcétera, son inventos de nuestro siglo cuya debilidad habría sido incurable sin tales ayudas...

Una marquesa contemporánea (amiga de Choiseul) la describió en una carta a Horace Walpole (1717-1797) en términos más sutiles, pero no menos cargados de sentido, dado que los topónimos mencionados están directamente relacionados con la diosa Afrodita: «es una ninfa sacada de los más famosos monasterios de Citerea y Pafos».

Tras la muerte del rey fue recluida en un monasterio, aunque más tarde Luis XVI le permitió volver a su residencia de Louveciennes, al oeste de París. Denunciada como contrarrevolucionaria, fue guillotinada durante el Terror en la plaza de la Revolución (la actual plaza de la Concordia). Se dijo que sus últimas palabras, pronunciadas entre sollozos, fueron: «De grâce, monsieur le bourreau, encore un petit moment» («Por favor, señor verdugo, otro momentito»). Dostoievski retomó en El idiota el episodio de su muertecomo símbolo de la angustia existencial.

De su belleza, nos queda el recordatorio de los cuadros de Louise-Élisabeth Vigée Le Brun (1755-1842) como el insertado más arriba o los pintados por Jean-Honoré Fragonard (1732-1806) que antaño adornaron las estancias del château de Louveciennes y que hoy se exhiben en la Colección Frick de Nueva York. También nos queda, ahora, la rosa que lleva su nombre.

Ahora, porque la época de Hector Munro dicha rosa no existía. La dubitativa alusión por parte de Harvey Bope a ella es, en el cuento, un intento desesperado para desviar la atención de sus sobrinos hacia los temas «pacíficos». El rosa Du Barry, también llamado rosa Pompadour, es un rosa asalmonado con un ligero tono amarillo utilizado en la porcelana de Sèvres y que se coincide con el color de la Azalea mollis.



Fuentes:
CRAVERI, Benedetta, Amantes y reinas, trad. María Cóndor, Madrid, Siruela, 2006.
DEFFAND, marquesa du, Correspondance complète de la marquise Du Deffand avec ses amis, París, Henri Plon, 1865.
LITCHFIELD, Frederick, Pottery and Porcelain: A Guide to Collectors, Londres, Truslove & Hanson, 1905, ed, rev. y amp.
MUNRO, Hector H. (Saki), Cuentos completos, ed. Juan Gabriel López Guix, Barcelona, Alpha Decay, 2005.
THÉVENEAU DE MORANDE, Charles-Claude, Le Gazetier cuirassé, ou Anecdotes scandaleuses de la Cour de France, 1772.

lunes, 14 de junio de 2010

Paisajismo civilizado

En el cuento «Los juguetes de la paz» (publicado de forma póstuma en 1919), Harvey Bope regala a sus sobrinos un juego didáctico. La primera reacción de los niños, al desempaquetarlo y descubrir que deben jugar con personajes «pacíficos», es recordar que tienen que hacer los deberes de las vacaciones.

      —Tenemos que aprender algo sobre Luis XIV —continuó Eric—; yo ya me sé los nombres de sus principales batallas.

Sin desanimarse, Harvey Bope intenta reconducir la situación:

     —Sí, es cierto que durante su reinado tuvieron lugar algunas batallas —dijo Harvey—, pero imagino que las crónicas exageraron mucho; en aquellos tiempos las noticias no eran tan fiables como hoy, y casi no había corresponsales de guerra, así que los generales y los demás jefes podían exagerar cualquier escaramuza hasta darles proporciones de una batalla decisiva. En cambio, Luis XIV es verdaderamente famoso como diseñador de jardines; el modo en que diseñó Versalles fue tan admirado que lo copiaron por toda Europa.

Luis XIV (1638-1715) fue, en efecto, un gran aficionado a la jardinería. Ian Thompson, en su obra Los jardines del Rey Sol, lo describe del siguiente modo:

Belicista, mujeriego y autócrata, Luis XIV, el autodenominado Rey Sol de Francia, fue también el más fanático admirador de la jardinería de la Historia. En Versalles, a 20 kilómetros de París, creó no sólo el más lujoso palacio de toda Europa, sino el más grande de los jardines que haya conocido Occidente.

Desde el inicio efectivo de su reinado a principios de la década de 1660 (tras la muerte del cardenal Mazarino) y hasta su propia muerte, Luis XIV no dejó de interesarse por Versailles y sus jardines. En el Pequeño Parque estaba el jardín del palacio, con sus paseos, avenidas, balaustradas, arriates, setos, estanques, fuentes, surtidores y estatuas; y, tras él, se extendía el Gran Parque, el parque de caza real, que llegó a alcanzar a principios del siglo XVIII una superficie de 15.000 hectáreas.




El jardín contó con 2.400 fuentes, y los trabajos exigieron el trabajo continuado de miles de jardineros. Además, fue preciso recurrir al ejército para allanar el terreno, construir conducciones de agua, transportar árboles y realizar rodo tipo de tareas. La permanente escasez de agua hizo concebir el proyecto (fracasado) de un acueducto que transportara el agua del río Eure, a cien kilómetros de distancia. Se calcula que, en el momento de mayor apogeo de las obras, éstas emplearon a 30.000 soldados. Las muertes, por fatiga y por las fiebres (malaria) debidas a lo pantanoso del terreno, también fueron numerosas. El duque de Saint-Simon escribió en sus memorias que semejante proyecto supuso la «ruina de la infantería».

Sin embargo, el rey estaba tan orgulloso de su jardín que escribió un itinerario de visita, Manière de montrer les jardins de Versailles (1689), que retocó en diversas ocasiones en los siguientes quince años. Versalles fue, en realidad, para el monarca el modo de mantener bajo control a una nobleza en otro tiempo levantisca, neutralizándola con fastuosos entretenimentos cortesanos que incluían representaciones teatrales, fiestas, conciertos, bailes y espectáculos pirotécnicos: un permanente mundo de celebraciones del que formaron parte sustancial Molière y Lully.

La mente pensante que diseñó el escenario de todos esos fastos fue la de André Le Nôtre (1613-1700). Nacido en el seno de una familia de jardineros, fue empleado por Nicolas Fouquet (1615-1683), el corrupto superintendente de Finanzas de Luis XIV, para que se ocupara del jardín de su residencia en Vaux; tras la caída en desgracia y el encarcelamiento del ministro, Luis XIV lo tomó a su servicio y le encargó la remodelación de Versalles, en parte con las posesiones de Fouquet (árboles incluidos). Le Nôtre se encargaría del jardín versallesco casi hasta su muerte y, a pesar de sus orígenes humildes, demostró una portentosa habilidad para sobrevivir en un ambiente palaciego cargado de intrigas.




Quizá el secreto de su supervivencia se encuentre en la siguiente anécdota. Cuando en 1675, Luis XIV se dispuso a ennoblecerlo, le preguntó qué escudo de armas pensaba elegir. Le Nôtre contestó que tres caracoles y una col.




En el cuento de Saki, una vez desaparecido el tío, los niños pueden jugar a su antojo y convierten entonces a Robert Raikes en Luis XIV. Para añadir verosimilitud a la figura, le pintan los tacones de rojo, tal como aparece el calzado del Rey Sol en el cuadro le hizo en 1701 el pintor catalán Jacint Rigau (o Hyacinthe Rigaud) y en el que se conjugan la pomposidad de la pose y la humanidad de la expresión.





Fuentes:
MUNRO, Hector H. (Saki), Cuentos completos, ed. Juan Gabriel López Guix, Barcelona, Alpha decay, 2005.
SAINT-SIMON, duque de, Mémoires complets et authentiques du duc de Saint-Simon sur le siècle de Louis XIV et la Régence, vol. 13, París, Sautelet et Cie., París, 1829.
THOMPSON, Ian, Los jardines del Rey Sol, trad. Joan Trejo, Barcelona, Belacqva, 2006.

lunes, 7 de junio de 2010

Activismo cristiano

En el cuento «Los juguetes de la paz» (publicado póstumamente en 1919), Saki presenta irónicamente la Asociación Cristiana Femenina como una organización que encarna el comportamiento civilizado. En el relato, Harvey Bope regala a sus sobrinos Eric y Bertie un juego con el que pretende inculcarles los valores de la paz.

     De la caja salió otro edificio cuadrado, esta vez con ventanas y chimeneas.
     —Ésta es una maqueta de la Asociación de Jóvenes Cristianas de Manchester —dijo Harvey.
     —¿Hay leones? —preguntó Eric esperanzado.
     Había estudiado la historia de Roma, y creía que donde hubiera cristianos era razonable pensar que había leones.

La Asociación Cristiana Femenina (Young Women's Christian Association, YWCA) nació en 1877 de la fusión de dos movimientos de mujeres aparecidos en 1855. El primero fue la Prayer Union de Emma Robarts (c. 1818-1877), una agrupación dedicada a la oración, el estudio de la Biblia y diversas actividades sociales y filantrópicas a imitación de la Young Men's Christian Association (YMCA), fundada en 1844 por George Williams (1821-1905) y cuyo principal objetivo era alejar a los jóvenes trabajadores londineses de la senda del pecado.




El segundo fue el movimiento impulsado por Mary Jane Kinnaird, lady Kinnaird (1816-1888), quien, entre otras cosas, creó en Londres un albergue para que las enfermeras de Florence Nightingale (1820-1910), de paso por la capital británica rumbo a la guerra de Crimea (1854-1856), tuvieran un alojamiento barato y que se adecuara a los parámetros de decencia de la época. Después de la guerra, se abrieron, en Londres y diversas ciudades, otros establecimientos para ofrecer una «cálida atmósfera cristiana» a las jóvenes que acudían a trabajar a los grandes núcleos urbanos.




La unión entre ambas asociaciones se produjo unos meses antes de la muerte de Robarts. La iniciativa cobró fuerza rápidamente; además de hogares y albergues, se crearon también comedores y centros de reunión. Bajo el impulso de Kinnaird se extendió por el extranjero, tanto por Europa como por los Estados Unidos y la India. El primer congreso mundial, celebrado en 1898, reunió a 326 representantes de 17 países.

Desde sus inicios, la YWCA combinó el fervor religioso y la acción social, entendida siempre dentro de los límites de la moralidad y las buenas costumbres. Lady Kinnaird, por ejemplo, fue una firme detractora del sufragio femenino. Durante la primera guerra mundial, la asociación participó en el esfuerzo bélico. En los años veinte, entre otras actividades, llevó a cabo campañas contra las tendencias modernas; como la emprendida contra las modas femeninas juzgadas demasiado atrevidas. Hoy es una ONG y su sede está en Ginebra.



Fuente:
MUNRO, Hector H. (Saki), Cuentos completos, ed. Juan Gabriel López Guix, Barcelona, Alpha Decay, 2005.

lunes, 31 de mayo de 2010

Disciplina pedagógica

El filósofo utilitarista John Stuart Mill aparece citado en el cuento «Los juguetes de la paz» (escrito en 1914 y publicado de forma póstuma en 1919) entre los personajes por medio de los cuales Harvey Bope intenta transmitir a sus sobrinos Eric y Bertie unos valores que permitan, en cierto modo, una regeneración de la humanidad.

     —Éste es un ciudadano distinguido —dijo—, John Stuart Mill. Fue una eminencia en economía política.
     —¿Por qué? —preguntó Bertie.
     —Bueno, decidió serlo; creyó que se trataba de algo útil.
     Bertie emitió un expresivo soplido que transmitía su opinión de que había gustos para todo.




La educación de John Stuart Mill (1806-1873) fue fruto de un meticuloso programa pedagógico concebido por su padre, el historiador, economista y filósofo James Mill (1773-1836). Según cuenta John Mill en su autobiografía, no guardaba conciencia de su primer contacto con el griego, pero al parecer se inició en esa lengua a los tres años. El padre le hizo aprender de memoria listas de vocablos y unos rudimentos gramaticales, lo cual le permitió leer las Fábulas de Esopo. Su segundo libro fue la Anábasis. Después vinieron Heródoto, Jenofonte, Diógenes Laercio... y, más tarde (a los diez años), algunos diálogos de Platón.

Entre los cuatro y los siete años, leyó una multitud de libros de historia y de viajes cuyos argumentos contaba a su padre en los paseos que ambos daban todos los días antes del desayuno. Por las tardes, el padre le enseñaba aritmética. Como entretenimiento, leyó entonces Las mil y una noches, Don Quijote o Robinson Crusoe. A los ocho años, empezó a estudiar latín junto con una hermana más pequeña, a la que pronto dio clases él mismo. Otros hermanos se fueron añadiendo como discípulos. Ese mismo año se inició en la poesía griega, con la Ilíada, que leyó con ayuda de la traducción de Pope; también se adentró en Euclides y, algo más tarde, en el álgebra.

Entre los ocho y los doce años, leyó, entre otros, a Virgilio, Horacio, Tito Livio, Salustio, Ovidio, Terencia, Lucrecio y Cicerón, así como a Homero, Sófocles, Eurípides, Aristófanes, Tucídides, Polibio y finalmente la Retórica de Aristóteles. Profundizó, siempre con ayuda de su padre, en la geometría, el álgebra y el cálculo diferencial. Sin embargo, sus favoritos fueron siempre los libros de historia. Se inició también en la composición poética e, inspirado por Pope redactó una continuación de la Ilíada. Leyó a Shakespeare, Milton, Burns, Spenser y Dryden, entre otros. No descuidó las ciencias experimentales y, en particular, la química.

A los catorce años, concluyó esa peculiar formación que lo llevó a lo largo de poco más de una década desde Esopo hasta Ricardo, y el joven Mill partió un año al sur de  Francia. A su vuelta, estudió Derecho, leyó a Jeremy Bentham (1748-1832) y, en 1823, empezó a trabajar en la Compañía de las Indias Orientales. A los veinte años, sufrió una crisis que le provocó una «atonía emocional» y de la que salió con un profundo interés por la poesía (Coleridge, Wordswoth) y el romaticismo alemán (Goethe). Ello le sirvió para enriquecer la idea utilitarista, que consideraba la utilidad como criterio de la felicidad y que la sociedad justa debía favorecer la felicidad del mayor número, con una perspectiva artística y humanista.

Los libros Sistema de Lógica (1843) y Principios de economía política (1848) cimentaron su fama como pensador. Realizó aportaciones fundamentales sobre los temas de la ética, la economía, la representación democrática o la libertad. En 1851, contrajo matrimonio con Harriet Hardy Taylor (1807-1858), que había conocido unos veinte años antes (estando ella casada con John Taylor) y bajo cuya influencia se convirtió en adalid de los derechos de las mujeres. También defendió los intereses de las clases menos favorecidas. Durante unos años (1865-1868), fue parlamentario por el Partido Liberal y, desde ese escaño, abogó por la causa irlandesa, las reformas sociales y el sufragio femenino (intentó introducirlo en una enmienta a la Ley de Reforma de 1867 en una enmienda que fue derrotada por 196 votos contra 73).

En 1869, se retiró a Aviñón, donde siguió escribiendo hasta su muerte y donde está enterrado. Entre sus obras destacan Sobre la libertad (1859), Consideraciones sobre el gobierno representativo (1861), El utilitarismo (1863), El sometimiento de las mujeres (1869) y su Autobiografía (1873). En la redaccción de algunas de sus obras, el papel de su esposa Harriet fue algo más que secundario. Tras la muerte de su esposa, y durante los últimos quince años de vida, su hijastra Helen colaboró estrechamente con él. Respecto a ese trabajo en común, dijo:

Quienquiera que piense en mí y en mi obra, ahora o en el futuro, no debe olvidar nunca que no es producto de un intelecto y una conciencia sino de tres, de los cuales el menos considerable y por encima de todo el menos original es el nombre asociado con ella.

En el capítulo segundo de su obra Utilitarismo, distinguió entre felicidad y satisfacción:

Resulta innegable que el ser cuyas capacidades para el placer son bajas posee una mayor oportunidad de satisfacerlas de forma plena; y que un ser altamente dotado siempre sentirá que cualquier felicidad a la que pueda aspirar será, tal como está constituido el mundo, imperfecta. Sin embargo, puede aprender a soportar esas imperfecciones, en la medida en que son soportables; y no le harán envidiar al ser que en realidad no es conciente de ellas, pero sólo porque no percibe en absoluto el bien para el que capacitan dichas imperfecciones. Es mejor ser un ser humano insatisfecho que un cerdo satisfecho; es mejor ser un Sócrates insatisfecho que un necio satisfecho. Y, si el necio o el cerdo opinan de modo diferente, es porque sólo conocen su propio lado de la cuestión. El otro extremo de la comparación conoce ambos lados.

Y en su ensayo «Civilización», publicado en 1836, dejó escrito:

No hay prueba más precisa del progreso de la civilización que el progreso del poder de la cooperación. 



Fuentes:
MILL, John Stuart, Autobiography, Londres, Longsman, Green, Reader and Dyer, 1873.
Utilitarism, Londres, Longsman, Green, Reader and Dyer, 1863.
MUNRO, Hector H. (Saki), Cuentos completos, ed. Juan Gabriel López Guix, Barcelona, Alpha Decay, 2005.

lunes, 24 de mayo de 2010

Educación religiosa

En el cuento «Los juguetes de la paz» (incluido en el libro homónino publicado en 1919), Saki menciona a Robert Raikes entre los personajes históricos que podrían servir como modelo de civismo en un hipotético programa de educación infantil que fomentara los valores de la paz y la concordia.

La figura del periodista y filántropo anglicano Robert Raikes (1736-1811) está indisolublemente unida a la difusión de las escuelas dominicales en Gran Bretaña. En 1757, a la muerte de su padre, heredó la propiedad y dirección del Gloucester Journal, así como una empresa editorial. Su espíritu emprendedor lo convirtió en poco tiempo en uno de los hombres más influyentes de su ciudad.




Raikes inició su obra filantrópica con una campaña en favor de la reforma de las deplorables condiciones carcelarias en su Glouscester natal. Como continuación de esa empresa, hizo suya la causa de las escuelas dominicales y emprendió una vigorosa campaña que extendió por todo el país su práctica (en ese momento, local y esporádica), hasta el punto de ser considerado como el «fundador de las escuelas dominicales».

La idea nació una mañana de finales de 1871 o principios de 1782 en que Raikes acudió a una de las zonas más degradadas de Gloucester para contratar a un jardinero y se encontró a un grupo de niños desarrapados jugando en la calle. Eran los hijos y los hermanos pequeños de los trabajadores de una fábrica de alfileres cercana.

La fabricación de alfileres era la principal industria de Gloucester a finales del siglo XVIII. Su métodos de trabajo habían descritos apenas unos  años antes por Adam Smith (1723-1790) en La riqueza de las naciones (1776) como ejemplo de «división del trabajo». Cada trabajador realizaba una parte de todo el proceso de manufactura: fabricar el alambre, enderezarlo, cortarlo, añadir la cabeza, afilar la punta... A partir de los cinco años aproximadamente, los niños también trabajaban en ellas seis días a la semana en jornadas de diez o doce horas y, aunque recibían un salario muy inferior, éste resultaba imprescindible para la supervivencia de las depauperadas economías familiares.

El día en que Raikes visitó casualmente la zona y quedó consternado por el espectáculo de las calles era un sábado. Según supo por boca de la mujer de su futuro jardinero, la situación era mucho peor los domingos.

Le pregunté a una habitante del barrio si esos niños vivían en aquella parte de la ciudad y lamenté su pobreza y su ociosidad. «¡Ah, señor!», me dijo la mujer, «si viera esta parte de la ciudad un domingo, se quedaría horrorizado; porque entonces la calle está abarrotada de multitudes de estos granujillas que, al no tener que trabajar ese día, dedican su tiempo a gritar y alborotar, a jugar al hoyuelo y a soltar palabrotas y jurar de un modo tan espantoso que cualquier persona seria se haría una idea precisa del infierno, más que de ningún otro lugar.  
»Tenemos un clérigo respetable, el reverendo Thomas Stock, ministro de nuestra parroquia, que ha colocado a algunos de ellos en la escuela; pero el domingo se entregan sin freno sus propias inclinaciones, puesto que los padres, completamente desamparados, no saben cómo inculcar en las mentes de los niños unos principios que les son a ellos mismos del todo ajenos».



El atroz espectáculo movió a Raike a emprender su cruzada moralizadora. Buscó a un grupo de mujeres dispuestas a enseñar a los niños los rudimentos de la lectura y del catecismo con la Biblia como libro de texto. El movimiento enseguida adquirió fuera y los resultados fueron asombrosos:

La ciudad de Gloucester pronto empezó a tener un aspecto muy diferente en el día del Señor. En lugar de ruido y alboroto, todo era paz y tranquilidad; en lugar de disputas y peleas, como antes, todo era concordia y armonía; en lugar de mentiras, juramentos y todo tipo de libertinaje, los niños se empaparon poco a poco de los principios de la honradez y la verdad, el decoro y la humildad; en lugar de holgazanear por las calles en un estado de indolencia tan doloroso para el observador como para ellos, era ya posible verlos frecuentar con decente regularidad los lugares de culto público, a todas luces mucho más felices que en su anterior estado de irreligiosa ociosidad.

Las escuelas dominicales no tardaron en ser adoptadas y fomentadas por las diferentes confesiones y se difundieron por todo el país. Medio siglo más tarde, hacia 1833, el número de los alumnos de esas escuelas superaba con creces el de los asistentes a las escuelas ordinarias, y aproximadamente la mitad de los que acudían a las clases dominicales no recibía ningún otro tipo de instrucción.




Una idea alternativa (y más sakiana) sobre el modo de ocupar a un grupo de muchachos ociosos queda ilustrada en el cuento «El capricho coral de Reginald», publicado en Reginald (1904). En ese relato, Reginald queda encargado de supervisar la excursión del coro infantil de una parroquia.

Con estratégica perspicacia, condujo a las tímidas y obstinadas criaturas a su cargo hasta el arroyo más cercano del bosque y les permitió bañarse; después se sentó encima de las prendas de las que se habían despojado y disertó sobre su futuro inmediato que, según decretó, no era otro que realizar una procesión báquica por el pueblo. La previsión había suministrado al evento una remesa de silbatos, pero el añadido del macho cabrío de un huerto vecino fue una brillante provisión de última hora. Para hacerlo bien, explicó Reginald, tendrían que llevar un disfraz de piel de leopardo; pero, dada la situación, a los que tuvieran pañuelos de lunares, se les permitiría ponérselos, cosa que hicieron agradecidos. Reginald reconoció que era imposible, en el tiempo de que disponía, enseñar a sus tiritantes neófitos un cántico en honor a Baco, así que los inició en un himno más familiar, aunque menos apropiado, de la liga antialcohólica. Después de todo, dijo, lo que cuenta es el espíritu del asunto.


Fuentes:
GREGORY, Alfred, Robert Raikes: Journalist and Philantropist. A History of the Origin of Sunday-Schools, Londres, Hodder and Stoughton, 1881.
POWER, John Carroll, The Rise and Progress of Sunday Schools. A Biography of Robert Raikes and William Fox, Nueva York, Sheldon & Company, 1863.
MUNRO, Hector H. (Saki), Cuentos Completos, ed. Juan Gabriel López Guix, Barcelona, Alpha Decay, 2005.

lunes, 17 de mayo de 2010

Urano y más allá

Otro de los personajes históricos mencionados en el cuento «Los juguetes de la paz» (1919) como ejemplo de civilidad y progreso pacífico de la historia humana es el matemático y astrónomo británico John Herschel, hijo del músico astrónomo William Herschel, de cuya obra científica sería el continuador.

William Herschel (1738-1822) podría considerarse que fue ante todo un apasionado de la música. Nacido en Hannover (que formaba parte entonces de la corona británica) e hijo de un músico militar, siguió como oboísta la tradición familiar en la banda militar de Hannover. Tras la batalla de Hastenbeck (1757), durante la guerra de los Siete Años, en la que los ejércitos de Hesse y Hannover fueron derrotados por los franceses, el joven Herschel decidió seguir los pasos de Haendel y emigrar a Inglaterra.


Tras trabajar unos meses copiando partituras, fue contratado como director de la banda de la milicia de Durham, dio conciertos y finalmente obtuvo en 1766 una plaza de organista en Bath. Inició entonces una carrera musical de cierto éxito, durante la cual compuso sinfonías y conciertos, y que atrajo a tres hermanos a Inglaterra. En 1772, viajó al continente y regresó a Bath con su hermana Caroline (1750-1848), con la intención de formarla como cantante. Sin embargo, por esos años ya había manifestado un interés por las armonías celestiales y, a partir de 1773, tras la compra de unos componentes para construir telescopios, fue abandonando progresivamente la música terrenal para emprender, con su hermana enrolada como ayudante, la exploración de las armonías celestes.




Al igual que todos los demás astrónomos de la época, estudió el sistema solar, pero su gran habilidad como constructor de telescopios y, sobre todo, como pulidor de espejos lo llevó a concentrarse en objetos más lejanos, lo que entonces se llamó «astronomía sideral» o, en palabras del propio William Herschel, «el conocimiento de la construcción de los cielos».

El 13 de marzo de 1781, con un telescopio reflector construido por él mismo, descubrió el planeta Urano. Lo bautizó como Georgium Sidus (Estrella de Jorge) en honor a su protector, el monarca reinante Jorge III, aunque la comunidad científica no aceptaría finalmente esa denominación y, siguiendo el orden genealógico establecido por la secuencia Marte, Júpiter y Saturno, prefirió elegir el nombre del progenitor mitológico este último. De todos modos, Jorge III lo contrató como astrónomo de la familia real, lo cual supuso el final definitivo de su carrera como músico... y también de la de su hermana.




La fama de Herschel se extendió rápidamente, construyó telescopios cada vez más grandes y recibió encargos de diferentes partes de Europa (entre ellos, uno de Carlos IV de España). Sus telescopios eran tan buenos que permitían ver las estrellas «redondas como botones» donde los astrónomos profesionales veían estrellas puntiagudas debido a los defectos de sus lentes. Ayudado por Caroline (que descubrió por su cuenta tres nebulosas y ocho cometas), realizó barridos sistemáticos del cielo nocturno. Elaboró con minuciosidad germana un metódico catálogo de nebulosas (hasta su muerte clasificó 2.500 frente al centenar conocido en 1870); su estudio de las estrellas dobles lo llevó a concluir que esa duplicación no era producto de un efecto óptico sino que esas estrellas formaban sistemas binarios, lo cual supuso la primera demostración de las leyes de la gravedad de Newton fuera del sistema solar; entre sus otros descubrimientos, se encuentran la variación de tamaño de los casquetes polares de Marte, dos satélites de Urano (Titania y Oberón) y dos de Saturno (Mimas y Encédalo), así como la radiación infrarroja. Intentó establecer una correlación entre la actividad solar y el clima de la Tierra estudiando la variación del precio del trigo (más alto en los años de menor actividad estelar). Acuñó la palabra asteroide, para aplicarla a los recién descubiertos Ceres y Palas.

En 1788, se casó con una viuda rica, Mary Pitt (de soltera, Baldwin), con la que tuvo un único hijo John, que acudió junto a él al final de su vida para continuar su trabajo. Murió en su casa de Slough, cerca de Londres, con casi ochenta y cuatro años. Su epitafio lleva las siguientes palabras: «Cœlorum perrupit claustra», es decir, «rompió las cerraduras de los cielos».




John Herschel (1792-1871) inició sus investigaciones científicas en el ámbito de las matemáticas (y la química), pero en 1816  abandonó una incipiente carrera en Cambridge —donde estudió con Charles Babbage, padre de la ciencia de la computación— impulsado en buena medida por el deber filial de continuar el legado de su padre.

En 1820, desempeñó un importante papel en la creación de la Sociedad Astronómica (bautizada a partir de 1831 como Real Sociedad Astronómica), de la que fue tres veces presidente. Entre 1821 y 1823, revisó el catálogo de estrellas dobles realizado por su padre (que falleció en 1822).

Su síntesis Preliminary Discourse on the Study of Natural Philosophy (1830), considerada como la primera obra moderna de filosofía de la ciencia, que influyó en científicos y filósofos como Michael Faraday (1791-1867), William Whewell (1794-1866), John Stuart Mill (1806-1873) y Charles Darwin (1809-1882). De hecho, Darwin llevó consigo un ejemplar de ese libro en el Beagle.

A finales de 1833, viajó junto a su mujer Margaret (con la que tendría doce hijos) a Ciudad del Cabo con objeto de catalogar los objetos estelares del hemisferio austral y completar el trabajo de su progenitor. Identificó 1708 nebulosas, de las que sólo 439 eran conocidas previamente. Además, estudió con atención las nubes de Magalles y los dos satétiles de Saturno descubiertos por su padre, que no habían podido ser vistos por ningún otro astrónomo. Asimismo, durante la estancia sudafricana, que se prolongó hasta 1838, estudió la flora, la fauna y la geología de la región. Darwin lo visitó en cuando hizo escala en Sudáfrica en su viaje a bordo del Beagle. A su regreso, esos trabajos contribuyeron a convertir a John Herschel en el científico británico más eminente de mediados del siglo XIX.

De nuevo en Inglaterra, sus intereses se centraron en la química y el fenómeno de la luz. Entre 1839 y 1842 —y, como continuación de trabajos anteriores—, realizó aportaciones fundamentales a la naciente fotografía (descubrió de forma paralela a William Talbot, el proceso fotográfico sobre papel sensible), investigó el daltonismo y el poder químico de los rayos ultravioletas. En 1839, acuñó el término fotografía (propuesto cinco años antes en Brasil, sin que él lo supiera, por el francés Hercules Florence) y descubrió un método para realizar negativos sobre vidrio (también acuñó las acepciones fotográficas de los términos negativo y positivo). La primera fotografía  hecha con su sistema fue una imagen del telescopio de 40 pies de su padre en Slough.




En 1850, aceptó ser director de la Real Casa de la Moneda, seguramente por el prestigio asociado a un cargo ocupado anteriormente por Isaac Newton (1643-1727). Sin embargo, la carga de trabajo que suponía la reforma de la ceca lo llevó a presentar su dimisión a principios de 1855. Sus problemas de salud (gota, reumatismo y bronquitis) lo llevaron a retirarse a su casa de Collingwood (cerca de Hawkhurst, en Kent), aunque siguió escribiendo una multitud de libros y artículos científicos. En sus ratos libres, tradujo, entre otras obras, la Ilíada de Homero en hexámetros ingleses (1866).

A su muerte, el nombre de John Herschel era sinónimo de ciencia. Recibió un funeral de Estado y fue enterrado en la abadía de Westminster, al lado de Isaac Newton.





Fuentes:
CLERKE, Agnes M., The Herschels and modern astronomy, Cassell and Company, Londres-París-Melbourne, 1895.
JONES, R. V., «Through Music to the Stars. William Herschel, 1738-1822», Notes and Records of the Royal Society of London, vol. 33, n. 1 (ago., 1978), pp. 37-56.

lunes, 10 de mayo de 2010

Monomanía postal

Sir Rowland Hill aparece en el cuento «Los juguetes de la paz» (publicado póstumamente en 1919) como uno de los héroes cívicos con los que Harvey Bope intenta inculcar a sus sobrinos los valores del pacifismo y la civilización.


La vocación de Rowland Hill (1795-1879) fue la reforma social. En 1819, colaboró con su familia (el padre era maestro) en la creación de una escuela basada en unos ideales pedagógicos que aunaban educación culta y lucro capitalista, como había postulado Jeremy Bentham (1748-1832), el fundador del utilitarismo, en su Chrestomathia (1816). Se interesó también por el establecimiento de «comunidades sociales» e incluso recibió —pero rechazó— la oferta del «utópico» Robert Owen (1771-1858) de dirigir uno de sus experimentos comunitarios.

A mediados de 1833 abandonó su labor pedagógica y dedicó sus energías a otra causa. Un año antes había publicado un proyecto para impulsar la creación de colonias en el sur de Australia con pobres británicos —y no con convictos— que llevaba como subtítulo «Esbozo de un plan para la extinción gradual del pauperismo y la disminución de la delincuencia». Pasó a trabajar entonces como secretario de la Comisión para la Colonización del Sur de Australia. En 1837, publicó su proyecto de reforma postal, Post Office Reform; its Importance and Practicability, que se reeditó varias veces, y su infatigable campaña convirtió el asunto en tema de debate público. Y en el otoño de 1839 abandonó su cargo en la Comisión para la Colonización, que fundó con éxito una colonia en lo que hoy es Adelaide, y fue encargado por el gobierno para dirigir la aplicación de su reforma postal.

En 1842, tras un cambio de gobierno, fue destituido y pasó a dirigir entre 1843 y 1846 la compañia ferroviaria London and Brighton Railway, donde también dejó su huella reformadora. En 1846, el nuevo gobierno lo nombró secretario del ministro de Correos. A pesar de las dificultades encontradas, el nuevo sistema finalmente se impuso. Hill fue objeto de un gran reconocimiento en vida. Se convirtió en un icono victoriano, y se le erigieron estatuas en diversas ciudades británicas. Tras su muerte, fue enterrado en la abadía de Westminster.




El sistema postal vigente en época de Hill era caro y complicado. El destinatario debía pagar la carta en función de la distancia y la cantidad de hojas. En su Post Office Reform, narra la siguiente anécdota, que a menudo se le atribuye a él mismo:

Coleridge cuenta una anécdota que demuestra hasta qué punto el sistema postal hace posible el fraude, como consecuencia de la opción que hoy existe. La historia es la siguiente.
Un día en que mi situación no me permitía de deshacerse de un solo chelín, pasé junto a una casa no lejos de Keswick donde un cartero pedía un chelín por una carta; la mujer de la casa no parecía dispuesta a pagarlo y finalmente rechazó la correspondencia. Pagué la carta por ella; y, una vez que se hubo alejado el cartero, la mujer me dijo que se trataba de una carta de su hijo, quien le hacía saber por ese medio que se encontraba bien; era una carta que no había que pagar. Cuando la abrió, descubrí que estaba en blanco.
Esta argucia resulta tan evidente que, con toda probabilidad, está muy extendida.

La propuesta de Hill se basaba en dos modificaciones fundamentales: una tarifa uniforme al margen de la distancia (un penique) y el pago anticipado de la carta por parte del remitente (mediante un sello adhesivo). El nuevo sistema entró en vigor el 6 de mayo de 1840. El primer sello postal, el Penny Black, utilizó el perfil de la reina Victoria.
 


Unos pocos años más tarde, en 1868, otro gran reformador, el filántropo estadounidense Elihu Burrit, escribió unas palabras que podrían haber sido suscritas por Harvey Bope, en «Los juguetes de la paz»:

El franqueo barato está a la orden del día en todas partes. Incluso los países situados más allá del límite de la civilización cristiana copian poco a poco el ejemplo de Inglaterra; y llegará el día en que, después de que los países hayan ahorrado algunos de los millones en oro despilfarrados hoy en la guerra, el servicio postal se extenderá desde Londres, París y Nueva York hasta abarcar la circunferencia del globo y todos los puntos de los radios a su alcance. Cuando llegue ese feliz día, cuando el intercambio del pensamiento y la comunicación del afecto, así como la correspondencia de los intereses materiales, que Inglaterra ha proporcionado a su población por medio del sistema postal se extiendan a todos los países y pueblos del mundo, éstos sabrán y reconocerán con admiración y gratitud la deuda contraída con Rowland Hill.



La autobiografía de Hill, concluida con ayuda de su sobrino, contiene el relato que le hizo a su hermano mayor Matthew de su encuentro con Garibaldi en 1864.

Conversé un poco con Garibaldi sobre la situación de la oficina de correos italiana; pero era evidente que el tema le interesaba poco.

Su hermano le respondió:

Ya imagino que cuando llegues al cielo te detendrás en la puerta para preguntarle a san Pedro cuántas entregas se hacen al día y cómo se sufraga el gasto de la comunicación postal entre el cielo y el otro lugar.

Quizá Hector Munro no le perdonara a Hill justamente eso, que su único tema de conversación con el gran revolucionario —a quien Munro quizá pudo considerar como el vengador de Conradino de Suabia— fuera la situación postal en Italia.



Fuentes:
BURRITT, Elihu, Walks in the Black Country and its green Border-Land, Londres, Sampson Low, Son, and Marston, 1868.
HILL, Rowland, Post Office Reform; its Importance and Practicability, Londres,Charles Knight and Co., 1837.
— y George Birkbeck HILL, The Life of Rowlad Hill and the History of Penny Postage, Londres, Thomas de la Rue & Co., 1880, 2 vols.

lunes, 3 de mayo de 2010

Demasiado corazón

Felicia Dorothea Hemans (1793-1835) fue la poeta más famosa y de mayor éxito del Romanticismo británico. Con 20 libros de poesía y unos 400 poemas publicados en revistas y anuarios, su popularidad se extendió a los Estados Unidos y duró hasta la Primera Guerra Mundial.

Nacida en Liverpool, se trasladó a los siete años con su familia a Gales. Fue educada por su madre, quien le enseñó francés, aprendió latín con un clérigo local, y ella misma estudió castellano, italiano, portugués y alemán. En 1808, publicó su primer libro, Poems. Al año siguiente conoció a Alfred Hemans (1781-1827), con quien se comprometió antes de partir éste a la «guerra Peninsular» y con quien se casaría en 1812. Tuvieron cinco hijos, nacidos en rápida sucesión. Tras el quinto (1818), la pareja se separó y nunca volvería a verse; el capitán Alfred Hemans partió a Italia (aparentemente por motivos de salud), donde moriría veintinco años después. Felicia vivió con su madre en Gales y, tras la muerte de ésta, se mudó de nuevo a Liverpool en 1828 y luego, en 1831 a Dublín, donde murió de hidropesía tras unos años de invalidez.




La poesía de Hemans fue admirada por lord Byron, Percy Shelley, George Eliot, Matthew Arnold y William Wordsworth, entre otros. Sin embargo, Walter Scott dijo de ella en 1829: «es un poco demasiado poética para mi gusto, quiero decir que hay demasiadas flores y demasiados pocos frutos, aunque ésta quizá sea la cínica crítica de un hombre ya mayor». Influyó en Alfred Tennyson,  Rudyard Kipling y Henry Longfellow. Entre sus obras destacan The Domestic Affections (1812), Welsh Melodies (1822), Records of a Woman (1828), así como un volumen de traducciones del portugués y el castellano, Translations of Camoens and Other Poets (1818).

Su poema más famoso fue «Casabianca» (1826), del que se ha dicho que resume el espíritu del victorianismo y su sentimiento patriótico. Está basado en la muerte de Giocante Casabianca, hijo de Luc-Julien-Joseph Casabianca, capitán del Orient, buque insignia de la flota napoleónica destruida en la batalla de Abukir (1798) por Horatio Nelson (1758-1805). Años más tarde, tras su muerte en Trafalgar, el cuerpo del almirante Nelson sería enterrado en la catedral de San Pablo en un ataúd hecho con madera del mástil principal de ese barco.




En la batalla de la bahía de Abukir, el Orient fue alcanzado por los cañones británicos y el joven Giocante, de doce años, ignorante de la muerte de su padre, se negó a abandonar el lugar que éste le había asignado. Murió, junto con el resto de la tripulación, cuando el incendio del buque hizo estallar la santabárbara. El poema, un elogio del autosacrificio heroico y del grito vano de un heroico niño —aunque puede leerse como una crítica a la obediencia que parece alabar—, fue recitado por generaciones de escolares británicos y estadounidenses. Su primera y su cuarta estrofas son las siguientes:

Estaba el niño en la cubierta en llamas,
de la que todos huyeron;
el fuego de ese pecio de la batalla
brillaba sobre los muertos.
...
Gritaba en voz alta: «¡Dime, dime, padre,
si mi deber he cumplido!».
Y no sabía el niño que el comandante
no oía a su hijo.

Con el paso de los años, el tono de la poesía de Hemans empezó a considerarse demasiado cargado de sentimiento y efusiones. «Casabianca» fue objeto de centenares de parodias. En el cuento «Los juguetes de la paz» (publicado póstumamente en el libro homónimo de 1919), Saki incluyó a la poeta entre los héroes cívicos con los cuales Harvey Bope pretende, sin gran éxito, inculcar a sus sobrinos los valores de la paz.


Fuentes:
FELDMAN, Paula R., British Women Poets of the Romantic Era: An Antology, Baltimore-Londres, Johns Hopkins University Press, 1997.
LOOTENS, Tricia, «Hemans and Home: Victorianism, Femenine "Internal Enemies", and the Domestication of National Identity», PMLA, 109, 2 (1994), pp. 238-253.

lunes, 26 de abril de 2010

Traducción y Némesis

Uno de los últimos textos escritos por Hector Munro fue «Mientras dure la guerra», publicado de forma póstuma en Los juguetes de la paz (1919). Empieza de este modo:

El reverendo Wilfrid Gaspilton, en una de esas migraciones clericales que parecen ilógicas a ojos de los legos, había cambiado la parroquia comedidamente elegante de Saint Luke, en Kensingate, por la parroquia desmedidamente rural de Saint Chuddocks, en algún lugar de Yondershire. El traslado tenía ventajas importantes y evidentes, pero también algunos inconvenientes obvios. Ni el párroco emigrante ni su mujer pudieron adaptarse de forma natural y cómoda a las condiciones de la vida en el campo.

Curiosamente, ambos recurren a la traducción para sobrellevar el tedium agri, como queriendo combatir un traslado con otro. La esposa inicia una traducción de una novela francesa fugazmente famosa, L'Abreuvoir interdit de Baptiste Leroy. Y una mañana el reverendo Wilfrid, exasperado por el «elegante desorden habitual de diccionarios, plumas estilográficas y hojas de papel» del escritorio de su esposa, decide utilizar la traducción como instrumento de su Némesis particular contra el mundo y publica unos versos pertenecientes al poeta Gurab de Kermansha, supuestamente descubiertos y traducidos del persa por un sobrino suyo enrolado en las tropas británicas destinadas a Mesopotamia. El hallazgo literario es acogido con arrebato por un público sediento de exotismo y rescata al párroco, al menos por el momento, de su oscuridad rural.

En otras cosas, el cuento puede ser leído como una leve burla del fervor persófilo que embargó a la sociedad victoriana a partir de la traducción hecha por Edward FitzGerald (1809-1883) de los Rubaiyat de Omar Jayyam (1048-1131) y al que no fue ajeno el propio Saki.




FitzGerald publicó de forma anónima su primera versión en 1859 y luego hizo cuatro versiones más (en 1868, 1879, 1872 y 1889, esta última póstuma.)




Nacido en el seno de una acomodada familia de origen irlandés, estudió en Cambridge y fue amigo de William Thackeray, Alfred Tennyson y Thomas Carlyle. Aunque su padre perdió la fortuna a causa de unas inversiones desafortunadas, el dinero de la familia de su madre le permitió vivir toda la vida sin trabajar. Entre 1850 y 1853 tradujo seis obras de Calderón de la Barca, que fueron criticadas por su excesiva libertad. En 1852 entró en contacto con la poesía persa a través de su amigo Edward Cowel (1854-1937), primer profesor de sánscrito en Cambridge. En 1856, publicó Salámán and Absál del poeta persa Jami. Y ese mismo año conoció la obra de Jayyam. Acerca de sus versiones del persa escribió a Cowell en 1859:

Nadie se ocupa de tales cosas; y no cabe duda de que hay otras muchas mejores de las que ocuparse. No sé por qué mando a la imprenta nada de todas estas cosas, que nadie compra; y apenas alcanzo a ver las pocas que soy capaz de darles. Ahora bien, cuando uno ha hecho lo mejor que ha podido, y estoy seguro de que eso es mejor que lo que muchos están dispuestos a esforzarse por hacer, por más que diste mucho de lo mejor que podría hacerse, al final desea concluir el asunto mandándolo a la imprenta. Supongo que muy pocos han dedicado alguna vez tantos esfuerzos a la traducción como yo, aunque desde luego no para ser literal. Sin embargo, una obra tiene que vivir a toda costa, con una inyección de la propia y peor vida en el caso de que no uno no sepa retener la mejor del original. Más vale un gorrión vivo que un águila disecada.

Su libérrima traducción de los Rubaiyat, que orientalizó el Oriente al gusto de la Gran Bretaña decimonónica, tuvo una grandísima influencia cultural, hasta al punto de convertirse en uno de los poemas más conocidos del canon victoriano e incluso de la literatura británica.




Según cuenta Ethel Munro, su hermano extrajo el pseudónimo con que se hizo famoso de la versión fitzgeraldiana de los Rubaiyat. La tenue crítica a la boga orientalista contenida en el relato podría considerarse, en cierto modo, como una revisión por parte de Hector Munro de su propio pasado sakiano.


Fuentes:
MUNRO, Ethel, «Biography of Saki», en Hector H. MUNRO (Saki), The Square Egg, Londres, John Lane, 1924.
MUNRO, Hector H. (Saki), Cuentos completos, ed. Juan Gabriel López Guix, Barcelona, Alpha Decay, 2005.
WRIGHT, William Aldis, Letters of Edward FitzGerald, 2 vols., Londres-Nueva York, MacMillan and Co., 1894.