lunes, 25 de enero de 2010

Stupor mundi

Federico II de Hohenstaufen (1215-1250), rey de Sicilia, Chipre y Jerusalén y emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, mereció realmente la designación de Stupor Mundi acuñada por Mateo de París (c. 1200-1259), cronista benedictino de la abadía de San Albano, cerca de Londres.



De mediana estatura, pelirrojo y con los ojos verdes (o azules), hablaba más de media docena de idiomas, sintió una gran curiosidad por las artes y las ciencias,  fundó universidades, fomentó el cultivo de la poesía y las traducciones de Aristóteles, escribió un tratado de cetrería y creó un zoológico real, admiró la cultura de árabes y bizantinos, se protegió con una guardia sarracena y mantuvo un harén en su corte, ganó Jerusalén para los cristianos con medios pacíficos, fue excomulgado dos veces y, al parecer, se bañaba todos los días.

Fue también implacable en sus venganzas. Se cuenta que la destrucción en 1223 de la ciudad de Celano (Apulia), que se había rebelado contra él y a cuyos habitantes varones deportó a Malta, inspiró al franciscano Tomás de Celano (c. 1190-c. 1260) la composición del Dies irae.

Su idea de la supremacía imperial y su relativismo en materia religiosa lo llevaron a una pugna casi permanente con el papado por el control de la península Itálica, hasta el punto de ser considerado por Gregorio IX como el mismísimo Anticristo. El güelfo Dante lo incluyó en su sexto círculo infernal, el destinado a los herejes encerrados dentro de sepulcros en llamas. Nietzsche, sin embargo, lo consideró el «primer europeo».

En 1912, el historiador inglés Lionel Allshorn publicó una biografía suya titulada Stupor Mundi que concluye con las siguientes palabras alusivas a su lucha contra el papado:

Y, de alzarse alguna vez un templo en memoria de quienes han luchado por la libertad del hombre, Federico ocuparía un lugar destacado en el santuario. Y sobre su imagen estarían grabadas las palabras que él mismo pronunció: «Que quienes retroceden ante mi apoyo reciban la vergüenza y también la mortificante carga de la esclavitud. Ante esta generación y ante las generaciones futuras, tendré la gloria de haber resistido a esa tiranía».

Ese mismo año (el 17 de septiembre) Saki publicó en The Morning Post su cuento «El respiro», donde el protagonista es convencido para que pase la noche encerrado en su dormitorio con un lechón y un combativo gallo de pelea llamado Asombro de Hartlepool e, irónicamente, Stupor Hartlepooli.


Fuentes:
ALLSHORN, Lionel, Stupor Mundi. The Life and Times of Frederick II, Emperor of the Romans, King of Sicily and Jerusalem, 1194-1250, Londres, Martin Secker, 1912.
NIETZSCHE, Friedrich, Más allá del bien y del mal, trad. Andrés Sánchez Pascual, Madrid, Alianza, 1972, p. 130.

lunes, 18 de enero de 2010

Viajes a Canossa

En los cuentos de Saki aparece dos veces una referencia al acontecimiento histórico conocido como el «viaje a Canossa»: en «Canossa» y en «La penitencia», incluidos en la recopilación póstuma Los juguetes de la paz (1919). En ambos casos se trata de una referencia indirecta.

En el primer cuento, el episodio se menciona únicamente en el título. El cuento relata el pulso entre el gobierno británico y un partidario de la «propaganda por el hecho» condenado a una semana de cárcel por un grave delito («más grave para el gobierno que para el acusado»):

Había hecho saltar por los aires el Albert Hall en la víspera del gran té-tango de la Federación Liberal, ocasión en que se esperaba que el ministro del Tesoro presentara su teoría: «¿Difunden las perdices enfermedades contagiosas?».

En el segundo, tres niños «excomulgan» a un adulto por el asesinato de un gato y le exigen una penitencia como forma de expiación. La encontramos al final del relato y podría considerarse como una alusión al hecho histórico, reforzada por la proximidad con el otro cuento:

Esa misma tarde, cuando el crepúsculo se abismaba en la oscuridad, Octavian ocupó su posición como penitente bajo el solitario roble, tras haberse desvestido cuidadosamente el penante. Cubierto con una camisa de céfiro que en esa ocasión merecía por completo su nombre, sostuvo en una mano una vela y en la otra un reloj en cuyo interior parecía morar el alma de un plomero difunto.

En el marco de una disputa por el dominium mundi que se prolongaría a lo largo de varios siglos, el poder espiritual y el secular se enfrentaron a finales del siglo XI en lo que se denominó la «querella de las investiduras». Se trató de una lucha entre el papado y el Sacro Imperio Romano Germánico por el control sobre la investidura de los clérigos. En 1075, el papa Gregorio VII publicó una carta (Dictatus papae) afirmando la supremacía del orden sacerdotal sobre el imperial. A ella respondió Enrique IV, futuro emperador del Sacro Imperio, con otra misiva que pedía la renuncia del pontífice. La escalada epistolar continuó con una fulminante excomunión papal que liberaba a los súbditos del monarca del deber de obediencia. El rey, necesitado de la sanción eclesiástica en un momento en que los nobles alemanes ponían en duda su poder, decidió acudir al castillo de Matilde, condesa de Toscana, en Canossa, donde se había refugiado el papa:





Enrique llegó caminando hasta la base del escarpado castillo el 21 de enero de 1077 en medio de un frío punzante y un paisaje cubierto por la nieve. Se entrevistó con Matilda y Hugo, obispo de Cluny, su padrino, y declaró su disposición a someterse al papa si éste levantaba el interdicto. Sin embargo, el papa sólo quiso acceder a absolverlo si le cedía su corona y renunciaba para siempre a la dignidad real. El rey dio el último paso para conseguir la clemencia del papa: se impuso las más severas penitencias que exige la Iglesia a un pecador como vía segura para conseguir la absolución. Por tres días, desde el 25 al 28 de enero, permaneció en el patio situado entre las murallas interiores, como suplicante penitente, con los pies descalzos y la cabeza descubierta, vestido con una tosca camisa de lana, temblando en el frío, pidiendo en vano que le franquearan la entrada ante la puerta que sigue perpetuando en su nombre, Porta di penitenza, el recuerdo de ese acontecimento.




El 14 de mayo de 1872, en plena Kulturkampf (1871-1878), la política de Bismarck (1815-1898) encaminada a secularizar el Estado alemán y sustraerlo de la influencia de la Iglesia católica, el Canciller de Hierro exclamó ante el Reichstag unas semanas antes de expulsar a los jesuitas: «Seien Sie außer Sorge, nach Canossa gehen wir nicht, weder körperlich noch geistig» («Pierdan ustedes cuidado, no iremos a Canossa, ni física ni espiritualmente»).


Fuente:
NEUGEBAUER, Wolfgang (ed.), Handbuch der preussischen Geschichte, vol. 3, Berlín, Walter de Gruyter, 2000, p. 85.
SCHAFF, Philip, History of the Christian Church, vol. V (David S. Schaff): The Middle Ages: From Gregory VII, 1049, to Bonifacy VIII, 1294, Nueva York, Charles Scribner's Sons, 1907, p. 55.

lunes, 11 de enero de 2010

Prímulas anglosajonas

El Partido Liberal británico es uno de los blancos preferidos de las pullas de Saki y Francis Gould en Alicia en Westminster. Sus dirigentes son retratados bajo la forma de diferentes personajes creados por Lewis Carroll y John Tenniel a lo largo de los episodios de la serie. En uno de ellos («Alicia y el Partido Liberal», 30 noviembre 1900), el quinto conde de Rosebery Archibald Primrose (1847-1929), «imperialista liberal» partidario de la guerra de los bóers, es objeto de los ataques del conservador Saki y del liberal probóer Gould, quienes lo presentan caracterizado como el Mensajero Prímula (primrose es «prímula» en inglés). 



La imagen remite de forma directa al capítulo VII de Alicia a través del espejo, donde el Mensajero llamado Haighaque es, en realidad, la Liebre de Marzo disfrazada de «anglosajón» esconde posiblemente una burla de Daniel Henry Haigh, un historiador del siglo XIX, y del furor por lo anglosajón entre los investigadores británicos de la época de Carroll.




Como sedimentos, se acumulan las capas de alusiones y significados. En el dibujo hecho por Gould de Rosebery disfrazado de Liebre de Marzo disfrazado de «anglosajón» laten el respeto por John Tenniel y la amable broma carrolliana contra el furor por las sagas y las runas de la historiografía británica de mediados del siglo XIX. El efecto cómico queda enfatizado por la inutilidad de una caperuza con orejas en el caso de Rosebery.

Sin embargo, además de las remisiones a Carroll y Tenniel, Alicia en Westminster tiene también una fuerte relación de dependencia con respecto a los acontecimientos del momento (1901-1902), lo cual nos la aleja de nosotros y, en ausencia de una labor exegética, hace que su profunda carga irónica quede difuminada en la niebla de los años. Del Mensajero Prímula, por ejemplo, el Rey Blanco (Henry Campbell-Bannerman, el jefe del Partido Liberal) nos dice: «lo sabe todo de las puertas abiertas, las manos entrelazadas y todas esas cosas, y también es muy útil en casa».

La utilidad en casa, es decir en el Partido Liberal, es más que dudosa, puesto que Rosebery, automarginado del partido, encabezaba una facción opuesta a la línea oficial y no dejó de poner en entredicho las tesis de la dirección liberal (en particular, en lo referente a la guerra de los bóers).

La referencia a las «puertas abiertas» alude a un discurso de Campbell-Bannerman pronunciado en noviembre de 1900 y en el que afirmó que la puerta siempre estaría abierta para el regreso oficial de Rosebery al partido. De ahí la ansiosa espera del Rey Blanco.

Las «manos entrelazadas» se refieren a la postura que solía adoptar Rosebery en la Cámara de los Lores, con las manos en la nuca, para mostrar de manera ostensible su distanciamiento político.

En esa misma postura lo dibujó Francis Gould en una caricatura que puede verse en el sitio de la National Portrait Gallery de Londres.


Fuentes:
GARDNER, Martin (ed.), The Annotated Alice. The Definitive Edition, Londres, Penguin, 2000.
SAKI, Alicia en Westminster, ed. Juan Gabriel López Guix, Barcelona, Alpha Decay, 2009.

lunes, 4 de enero de 2010

El premio Deutsch

El 11 de noviembre de 1901, Saki publicó en el diario The Westminster Gazette la viñeta «Alicia en la niebla», dentro de la serie Alicia en Westminster ilustrada por Francis C. Gould. Ese episodio contiene una fugaz referencia al premio Deutsch, que había sido ganado apenas tres semanas antes por el brasileño Alberto Santos-Dumont (1873-1932).



Henry Deutsch de la Meurthe (1846-1919), hijo del industrial Alexandre Deutsch (quien en 1862 había construido en Pantin, cerca de París, la primera refinería de petróleo de Europa), fue un mecenas de la incipiente industria aeronáutica.



Fundó en 1898 la primera asociación aeronáutica de la historia, el Aéro Club de France en Saint-Cloud (París), junto con Ernest Archdeacon (un importante impulsor del esperanto que asistiría al Congreso Internacional celebrado en Barcelona en 1909), Julio Verne y el propio Santos-Dumont, entre otros. En 1909 fundaría también la primera línea aérea francesa, la Compagnie Générale Transaérienne.

En abril de 1900, estableció un premio de 100.000 francos para quien fuera capaz de recorrer el trayecto de ida y vuelta entre el aeródromo de Saint-Cloud y la torre Eiffel (unos 11 kilómetros) en menos de 30 minutos.



A bordo de su dirigible N.º 6, Santos-Dumont logró realizar la hazaña el 19 de octubre de 1901 en 29 minutos y 30 segundos. A causa de la controversia suscitada por la forma de computar el tiempo (el sobrevuelo del jurado o el aterrizaje, que tuvo lugar 70 segundos más tarde), la decisión de concederle el premio se retrasó unas semanas. Cuando finalmente le fue otorgado, Santos-Dumont repartió el importe entre los pobres de París y sus operarios. (Los datos más antiguos consultables en línea en la página del Institut National de la Statistique et des Études Économiques dan, para el año 1908, una equivalencia de 360.000 euros del 2008.)



Un tiempo después, Santos-Dumont comentó a su amigo Louis Cartier la dificultad que suponía cronometrar los tiempos con el reloj de bolsillo mientras manejaba las aeronaves. En 1904, Cartier creó para él un prototipo de reloj de pulsera, el modelo Santos, que comercializaría con gran éxito en 1911.



En 1910, Santos-Dumont empezó a padecer una serie de trastornos que concluyeron en un diagnóstico de esclerosis múltiple. Deprimido por la enfermedad y el uso de los aviones como arma de guerra, se retiró a Brasil. El 23 de julio de 1932, tras conocer la noticia de un bombardeo aéreo en la guerra civil que acaba de estallar en su país, subió a la habitación del hotel en el que se hospedaba en Guarujá y se ahorcó con ayuda de dos corbatas rojas de su época de aeronauta parisino. Sus últimas palabras, dirigidas al ascensorista del hotel, Olympio Peres Munhóz, fueron: «Nunca pensé que mi invento provocaría un derramamiento de sangre entre hermanos. ¿Qué he hecho?».

Los combatientes decretaron una tregua de tres días para desfilar ante su cadáver, en São Paolo. La guerra duró dos meses más.


Fuentes:
HOFFMAN, Paul, Wings of Madness: Alberto Santos-Dumont and the Invention of Flight, Nueva York, Hyperion, 2003.
SANTOS-DUMONT, Alberto, Dans l'air, París, Charpentier et Fasquelle, 1904.